El texto del diccionario se encuentra en la dirección:
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A modo de presentación

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Queridos paisanos:

Aprovecho las posibilidades que brinda hoy la informática para haceros llegar este “pequeño diccionario de términos campillejos”. Un título quizá demasiado pretencioso, porque, siendo honestos, lo único que se sostiene de él es lo de “pequeño”. ¿Diccionario? Realmente no es un diccionario, porque apenas alcanza ahora las setecientas voces. Deberíamos llamarlo más bien vocabulario. ¿De términos campillejos? Pues tampoco, porque no se incluyen sólo localismos de Campillo de Llerena, sino que hay también una extraña amalgama de arcaísmos, viejos extremeñismos y palabras castellanas ya en desuso. Para presentar en un solo glosario todo este material tan heterogéneo, en el que no reina otro orden que el alfabético, he podido encontrar una buena excusa: son todas ellas palabras y expresiones que nos están pidiendo a gritos que las rescatemos del olvido. Un olvido en el que empiezan a caer, desplazadas por el lenguaje estándar y sin relieve que nos impone hoy día la globalización.

Como era de esperar, en este glosario aparecen también numerosos vulgarismos y barbarismos, es decir, palabras cuya extraña sonoridad la debemos sólo al uso incorrecto de la lengua. Pero esto no es nada de lo que haya que avergonzarse, porque la riqueza del habla se mide también por los matices del uso y la originalidad de los propios hablantes.

Debo agradecer muy especialmente a mi amiga Isabel Vera Cabanillas, no sólo que me haya proporcionado un buen número de términos, sino también que me haya permitido contrastar y discutir otros que yo había ido reuniendo con la ayuda entusiasta de mi familia. Logramos así una nada despreciable colección que rondaba las ciento cincuenta voces. Entonces alguien me advirtió que en el foro electrónico de Campillo había habido recientemente un animado debate sobre esta misma cuestión. Entrar allí no sólo fue una visita muy grata, sino también fructífera y pude así incorporar a la lista unas cincuenta palabras más, algunas impagables desde luego, como pitera, carpanta, añugarse, farrondón, chinato, socochón o chorrandito. Son términos que parecen tener la virtud de los hechizos, porque basta pronunciarlos en voz baja para que muchos que ya peinamos canas (o peor aún, que no tenemos nada que peinar) podamos regresar por un momento a la época dorada de la infancia. Una época en que los gruños todavía olían igualito que el verano, las cosas pasaban más despacio que ahora y uno podía jugar eternamente en la calle hasta que escurecía.

Gracias, por tanto, a los contertulios del foro (www.foro.ws/campillo) que habían intervenido en el debate, de los que sólo conozco sus nicks o nombres de batalla: tocagüebs, churubita, bandini, santaleonor, humberto janeiro, el mago, chassscha, perrunillastreet, polma, izan, tránsito, los leguleyos, invitada, forastero, decampillo, corujilla, leda, neus grisáceo, putón verbenero, luciérnaga, doscolegas, encoroto, mentrillo y algunos más que seguro se me escapan.

Y como está claro que las palabras no son de nadie, sino sólo de quien las usa y las recuerda, mi mérito en este trabajo es bien escaso: consistió sólo en alargar el brazo para recoger de aquí y de allí esta cosecha extraordinaria, en redactar una definición que sonara un poco a diccionario o en rastrear el origen etimológico de muchas de estas voces, apoyándome en el banco de datos de la Real Academia Española y en la obra ingente de Joan Corominas o de María Moliner. Sólo en los casos en que este origen resultó desconocido o incierto, me he permitido proponer alguna hipótesis al respecto. Personas más solventes que yo en materia de lexicografía quizá puedan confirmarlas en el futuro.

Aquí está, sin más, el diccionario. Espero que lo encontréis interesante, porque evocador seguro que lo será.

Juan V. Fernández de la Gala
Agosto, 2007

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